Frenar antes de chocar. El mapa motriz como cimiento del desarrollo

Hay algunas cuestiones que disfruto especialmente del espacio de juego libre. Una de ellas es cuando los chicos chocan con el carro grande contra las paredes.

¿Por qué podría entusiasmarme semejante cosa?

Porque sé que es un momento importantísimo del desarrollo motor. Absolutamente todos y cada uno de los movimientos que realizamos de forma conciente fueron mapeados en nuestro cerebro desde la primera infancia mediante muchísimas experiencias similares, suficientemente reiteradas pero con ligeras variaciones que amplifican la información de manera notable. No solo aprendemos a movernos, sino que incluso aprendemos a ver y calcular la profundidad de los espacios evaluando una increíble cantidad de datos, como indica Jill Bolte Taylor. Por ejemplo, hemos aprendido mediante sucesivas experiencias similares y variadas a calcular la distancia que existe en este mismo momento entre cualquier parte de nuestro cuerpo y aquella pared cercana.

Cuando un chico choca las paredes con un rodado (o para el caso con cualquier objeto, pero en los de gran tamaño es más evidente) tiene la posibilidad de inaugurar toda una nueva serie de experiencias que sumará profundidad a su vida en muchos más sentidos de los que podemos imaginar inicalmente. Para contar con la mayor cantidad de datos posible realizará esta acción de forma variada e insistente.

En general, los adultos a cargo del peque no se sienten para nada a gusto con esta exploración e intentan detener el movimiento de su peque usando un abanico de estrategias que van desde la distracción hasta el reto pasando por las bienintencionadas pero inútiles explicaciones racionales.

Paradójicamente, es precisametne en la insistencia del adulto donde yace el impedimento para que el chico pueda detenerse ya que el adulto está intentando frenarlo en vez de acompañarlo para que pueda hacerlo por sí mismo.

Desde el juego libre valoramos siempre lo que hay, lo que sucede, lo que tenemos ante nuestros ojos en el momento presente. De este modo, integramos al campo lúdico en vez de tratar de «sacarnos de encima» las situaciones que nos icomodan.

Podemos empezar por preguntarnos: ¿a qué necesidad está atendiendo el niño al chocar con el gran carro contra la pared?

Lo primero que debemos descartar es que no sea una acción activada por un pedido de límites. Esto se puede notar fácilmente porque la nena, el nene choca algo contra la pared pero está fuera de eje, no presta atención en su propia exploración sino que solo puede actuar y mirar rápidamente a su adulto de referencia. Sabe que ha fastididado con su comportamiento aunque no logra entender del todo el por qué de ese enojo (este es tema para toda una clase magistral y tiene que ver con los límites y los vínculos, pero hoy no lo vamos a retomar). Suele tener una risa nerviosa, la mandíbula inferior ligeramente desplazada hacia adelante y una respiración superficial y rápida lo que nos habla de que su ritmo cardíaco se ha acelerado.

Pero si el pequeñito solo está concentrado en sí mismo y en su danza motriz, si no se encuentra reactivo al entorno adulto sino que se siente totalmente a gusto y está enfrascado en su propio quehacer lúdico, entonces es casi seguro que chocará contra las paredes para una multiplicidad de propósitos muy válidos. Por un lado, para integrar las dimensiones de los objetos que manipula, calculando el espacio que ocupan, su volumen y profundidad. Quizás está explorando la resistencia de los materiales, los sonidos que producen en los impactos, la fuerza que hay que hacer para alcanzar ciertas distancias con determinados objetos de un tamaño, peso y materiales específicos. Y además, sin dudas, lo está haciendo para aprender a frenar antes de chocar. Esto no significa que lo dejaremos golpear y romper todas las cosas. Pero sí quiere decir que tenemos una oportunidad preciosa para alentar sus descubrimientos motrices a la vez que afianzamos nuestro vínculo de confianza mutua. Suele ser una gran oportunidad para ofrecerle un límite con respeto.

Por ejemplo, puedo decirle con toda la calma del mundo:

–¡Qué golpe fuerte sonó cuando chocaste el carro! No golpeamos las paredes –. Y acompaño la frase con un gesto suave y firme con la palma de la mano abierta de frente ante sus ojos, en señal de alto.

Luego agrego:

–Vamos a calcular frenar antes de chocar –. Muchas veces en este punto acompaño el recorrido del carro hasta la pared dando suaves golpes en el canto de madera dando información sonora de la superficie que el objeto ocupa en el espacio.

Y luego puedo agregar:

No he visto niña o niño que no se entusiasme con esta idea y que no se ponga manos a la obra de inmediato para practicar esta nueva y atractiva habilidad. Además del carro, comienzan a buscar otras opciones para ampliar la experiencia. Suelen elegir los banquitos pikerianos. Los ponen de canto y los hacen rodar haciéndolos llegar hasta los bordes sin golpearlos con una precisión maravillosa. De pronto frenar antes de chocar pasa a ser muchísimo más atractivo que solo chocar. Por supuesto, habrá muchos otros juegos donde chocar sea el objetivo y en la medida que nadie se lastime ni se rompan las instalaciones, ¿por qué no hacerlo? (¡Los autitos chocadores son un éxito de entretenimiento por una buena razón!).

Acorde a mis observaciones, aquello que aprendemos en lo motor se convierte en los cimientos sobre los cuales luego se pueden edificar los siguientes aspectos del desarrollo, cada vez más sutiles que los anteriores, integrando y trascendiendo, optimizando y perfeccionando nuestra neurología con un nivel de detalle descomunal. Otras instancias del aprendizaje que se derivan del juego de de frenar antes de chocar suelen consistir en calcular la diferencia entre pegar, tocar y acariciar a un amigo, a un familiar, a una mascota. Luego, avanzando más y más en el desarrollo, aparece también la posiblidad de autorregularse y frenar antes de chocar con las emociones y con las palabras así como también con las relaciones y en general con cualquier experiencia que requiera la capacidad de detenerse a tiempo. De este modo, esta aparentemente sencilla experiencia motriz se convierte en mucho más que una posibilidad de organización motora en el espacio físico. Es una valiosa semilla del equilibrio personal y del cuidado mutuo.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

©María Raiti

Photo by Michał Parzuchowski

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