Sé mi llorón. Por qué las mujeres podemos reencantar la Tierra



Mi marido y yo estamos pasando por el covid en este momento, lo que nos hace mucho más difícil mantener el equilibrio, normalmente ya desafiante, en el cuidado y el trato con nuestros tres adolescentes. Ayer por la tarde mi marido se enfadó mucho y discutió con uno de ellos (16).

Más tarde fui a la habitación de mi hijo para ver cómo estaba. No quería que terminara el día sintiéndose miserable y solo.

«Sé que todo esto es una mierda y que debe ser difícil tener a tus dos padres tan malhumorados y siendo tan exigentes con vos y con tus hermanos. Siento que hayas discutido con papá», le dije.

Me miró, con los ojos llenos de lágrimas, y casi desesperado dijo: «Mamá eso es tal cual y gracias por preocuparte pero por favor andate ahora mismo, no me veas llorar. ¡Andate! ¡Andate!»

Me impactó. Los hemos educado siendo tan abiertos con las emociones, tan deseosos de validarlas, tan poco críticos con el llanto y aun así ahí estaba él, mi adorado joven, sintiéndose en peligro y encriptado en su necesidad de derramar unas lágrimas muy bien ganadas.

Creo que nosotros, como humanidad, estamos experimentando el nacimiento colectivo de una conciencia integral. Es evolutiva, es universal y sigue el patrón de unión del amor, integrando y trascendiendo las partes en un todo más amplio. Para gestionar esto necesitamos un conjunto de habilidades muy específicas en todas nuestras líneas de desarrollo. Hasta aquí, K. Wilber me ha guiado. De acá en adelante…

A mi entender, las mujeres están en una posición privilegiada en este momento. ¿Por qué todo el mundo parece decir que «el cambio que necesitamos ver en el mundo está sobre los hombros de las mujeres»? Incluso el Dalai Lama dice que el mundo será salvado por las mujeres.

Creo que esto se debe a que las mujeres, al menos las occidentales pero probablemente también se aplique a nivel mundial, hemos sido criadas en culturas que nos han entrenado cuidadosamente a través de entornos familiares y educativos para ser cuidadosas, colaboradoras, indulgentes y cariñosas y, al mismo tiempo, se nos desalentó mucho para que asumiéramos roles o actitudes de liderazgo individual desde la primera infancia.

Mientras que los niños pequeños fueron igualmente entrenados intensamente para ser individualistas, dueños del control, competitivos, rápidos y duros (por favor, tené en cuenta que no digo que los hombres sean esto y las mujeres lo otro. Estoy diciendo que fuimos entrenados de esa manera consciente o inconscientemente, hay mucha evidencia científica aquí: la niña es alabada y recompensada por ser cariñosa, el niño por sobresalir entre sus compañeros. Se identifica a una chica con voluntad fuerte como mandona y al chico como poseedor de habilidades de liderazgo. Estereotipos muy fuertes en ambos lados).

Ahora resulta que estamos pariendo una nueva conciencia porque la supervivencia depende de ella y esta conciencia integral requiere sobre todo la habilidad de enfrentarse a la incertidumbre colectiva. Para ello tenemos que ser capaces de conectarnos entre nosotros de formas desconocidas para alcanzar niveles masivos de creatividad y resiliencia capaces de convertir los cada vez más desconcertantes grandes retos en campos fértiles para un futuro brillante.

¿Adivina quién está mejor parado en sus dos pies para surfear la gigantesca ola? Pues sí. Las mujeres.

La pelota está de nuestro lado de la cancha. Lo que no significa que seamos mejores ni nada parecido. Sólo significa que se nos entregaron (y se nos neuro-ajustaron) las herramientas esenciales para responder adecuadamente al estado actual de las cosas. Nos entrenaron para ser vulnerables, nos dijeron que somos las que lloramos, nos mostraron de cuántas maneras somos el género blando. Tanto si nos compramos el mandato como si luchamos contra él, está ahí. Por eso ahora nuestros hombres cuentan con nosotras. Necesitan que abramos diálogos en torno a un tema central: «cómo demonios te mantenés fisiológicamente regulado cuando llorás». Dios, si hubiera una universidad que enseñara esto, podría dar una conferencia sobre el tema durante horas. Tengo un máster en llanto.

Hemos practicado mucho como niñas. Muchas lo seguimos haciendo. Quiero decir que si no lloro en un mes lunar completo empiezo a preocuparme. Así es como aprendimos a ser capaces de llorar y sentirnos seguras al mismo tiempo. Practicando. Sabemos cómo permanecer conectadas hacia dentro y con nuestro entorno no sólo cuando lloramos sino gracias a que lo hacemos.

A los niños no se les dio esa oportunidad. Tuvieron que empujar su precioso don natural de la vulnerabilidad hacia lo más profundo, fuera de su propio alcance. Ahora es el momento de que los hombres respiren profundamente, se sumerjan hasta el suelo oceánico y recuperen sus lágrimas atrapadas en una almeja marina. Descubrirán que se han convertido en perlas. Y las mujeres lo sabremos también porque estaremos allí, seremos sus parteras. Está sobre nuestros hombros, pero no en el sentido de soportar el peso. Es ofrecernos sólo para escuchar y conectar en lugar de arreglar, una mano pausada para acariciar su cabeza pesada, un pecho tranquilo para su corazón inquieto.

Vengan hombres de nuestro mundo, vengan sin importar su edad, vamos a llorar juntos.
Y luego riamos juntos.
Y luego guardemos silencio solos.
Y no te preocupes.
Reclamá tu herencia de lágrimas de vulnerabilidad. Porque seguirás disfrutando de la competencia, pero sabiendo que tu pertenencia y tu valía no dependen por los resultados. Vení, llorá, experimentá la diferencia entre el partido y el juego libre. Y disfruta de ambos; es integrar y trascender, recordá.

Sobre todo, vení. Deja que tu río en cascada esté con nosotros. Vení y comprendé. Entendelo de primera mano. Tus lágrimas están a salvo de este lado de los ojos. Llorar no define quién sos. No volverás a perder tu sentido de ser.
Nos perteneces y te necesitamos entero.
Vales y eres adorable, pase lo que pase.
Puede que me preguntes: «de acuerdo, lloro, ¿y después qué?».
Porque vos y yo sabemos que esto no es el final de la línea, por supuesto que no. Pero esta puede ser la gota que colme el Santo Grial, el primer paso que te guíe hasta la entrada donde habita tu Ser.
Por ahora, esperaré y estaré triste.
Porque no pude escuchar a mi hijo llorar, no pude sostenerlo, mi mano cayó vacía, mi hombro ligero. Mi hijo no quiso… Pero confío en él, encontrará un camino. Que mi escritura sea un portal abierto para que mi joven esté a salvo. Que estén a salvo todos los que necesitan del llanto y por favor oh por favor y por favor que vengan a llorar.

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