Se dice Ga-lle-ti-ta. El camino hacia una conciencia integral entre la fragmentación, la grieta y la marea de sobreinformación

¿Te pasa que desde tu tarea como profesional querés sumar a una conciencia integral pero tu reactividad te juega una mala pasada? A mí sí.

Son tantas las cosas que están patas para arriba en el mundo en este momento y es tal el nivel de fragmentación que atravesamos, que quienes aspiramos a acompañar a otros hacia una conciencia integral encontramos que nuestro propio camino está plagado de baches reactivos y en vez de ser parte de la solución reforzamos el problema.

¿Qué opción nos queda?

Frenar antes de chocar. El mapa motriz como cimiento del desarrollo

Hay algunas cuestiones que disfruto especialmente del espacio de juego libre. Una de ellas es cuando los chicos chocan con el carro grande contra las paredes.

¿Por qué podría entusiasmarme semejante cosa?

Porque sé que es un momento importantísimo del desarrollo motor. Absolutamente todos y cada uno de los movimientos que realizamos de forma conciente fueron mapeados en nuestro cerebro desde la primera infancia mediante muchísimas experiencias similares, suficientemente reiteradas pero con ligeras variaciones que amplifican la información de manera notable. No solo aprendemos a movernos, sino que incluso aprendemos a ver y calcular la profundidad de los espacios evaluando una increíble cantidad de datos, como indica Jill Bolte Taylor. Por ejemplo, hemos aprendido mediante sucesivas experiencias similares y variadas a calcular la distancia que existe en este mismo momento entre cualquier parte de nuestro cuerpo y aquella pared cercana.

Cuando un chico choca las paredes con un rodado (o para el caso con cualquier objeto, pero en los de gran tamaño es más evidente) tiene la posibilidad de inaugurar toda una nueva serie de experiencias que sumará profundidad a su vida en muchos más sentidos de los que podemos imaginar inicalmente. Para contar con la mayor cantidad de datos posible realizará esta acción de forma variada e insistente.

En general, los adultos a cargo del peque no se sienten para nada a gusto con esta exploración e intentan detener el movimiento de su peque usando un abanico de estrategias que van desde la distracción hasta el reto pasando por las bienintencionadas pero inútiles explicaciones racionales.

Paradójicamente, es precisametne en la insistencia del adulto donde yace el impedimento para que el chico pueda detenerse ya que el adulto está intentando frenarlo en vez de acompañarlo para que pueda hacerlo por sí mismo.

Desde el juego libre valoramos siempre lo que hay, lo que sucede, lo que tenemos ante nuestros ojos en el momento presente. De este modo, integramos al campo lúdico en vez de tratar de «sacarnos de encima» las situaciones que nos icomodan.

Mi hijo de 4 años se desborda y yo con él. Quiero ayudarlo, no sé cómo.

Mi hijo de 4 años tiene momentos de desborde: corre sin parar, se tira de cabeza al sillón. Tira alguna cosa, o corre sin freno y se abalanza sobre alguien. Generalmente no puedo contenerlo en esos momentos, me pone muy nerviosa y me desbordo yo también. Le grito, él acentúa su reacción. Se ríe. A veces estalla en llanto. Yo, luego de enojarme, me pongo muy triste y angustiada por mi reacción. También porque entiendo que algo le sucede y no puedo ayudarlo.
Quiero contenerlo, quiero ayudarlo a salir de ese estado. Y quiero poder transitar yo misma esos estados de mi hijo de otro modo. No sé cómo.